jueves, 4 de noviembre de 2021

La Furia de las imágenes. De La postfotografía explicada a los monos a La danza sélfica

 

1 . “La lógica del consumo termina fagocitando cualquier filosofía, incluso aquellas que brotaron de las trincheras cavadas para contener el capitalismo.”  

Me gustaría iniciar con esta cita por la forma en que Fontcuberta la usa para sostener sus argumentos. Esta aseveración que hace nuestro autor sobre el capitalismo forma parte de su análisis sobre “la vida de la imagen” y el continuo reciclamiento visual que es  parte de la lógica consumista de las estrategias publicitarias. En ese contexto, Fontcuberta despliega esta sagaz línea donde afirma que, aunque las cosas puedan tener sus orígenes como parte de lo subversivo, el capitalismo termina por absorberlas de todos modos.

No es la primera vez que me encuentro con afirmaciones semejantes a las que hace Fontcuberta.  En otras ocasiones he leído y escuchado comentarios similares sobre cómo las alternativas han pasado a formar parte de la lógica del sistema. En una época como la que nos está tocando vivir, difícilmente podría negarse que el capitalismo se inmiscuye en los lugares más insospechados. Desde el movimiento LGBTQ+ hasta la práctica del veganismo, parece que nada escapa a la lógica del mercado. El triunfo del capitalismo frente a otras alternativas parece ser un hecho.

Pese a esto, creo que esta línea de Fontcuberta oculta una visión tendenciosa sobre cómo posicionarnos frente a las cosas. Comprendo que las discusiones de Fontcuberta no van en relación a dilucidar el qué lugar ocupa lo simbólico dentro del capitalismo. Más bien busca hacer varias acotaciones sobre el entendimiento de las imágenes (en particular las fotográficas) en la susodicha “posmodernidad”. Aún así, creo que nuestro autor peca un poco de simplismo y me lleva a pensar que hace estas afirmaciones par aparentar entendimiento sobre la relación determinante que tiene el sistema capitalista en la producción actual de imágenes. Pero esta última idea es sólo una conjetura mía.

Considero que si se van a utilizar argumentos sobre el sistema capitalista para explicar un determinado tema, es menos equívoco aclarar el por qué  se dan las cosas de una u otra manera. En este caso, el por qué el capitalismo digiere cualquier filosofía. Una forma más adecuada de entender por qué pasa esto— a qué se debe que el capitalismo adquiera una calidad de mancha voraz que lo consume todo sin quedar satisfecha— es la siguiente: para poder establecer su dominio, un grupo dominante debe tomar en cuenta los intereses y creencias de los grupos sobre los cuales gobierna de modo que estos puedan reconocerse a sí mismos en su visión del mundo. Si algo logran poner de manifiesto estas líneas es que justo el efecto o rumbo de alguna circunstancia no se dan en abstracto, sino que existen grupos de personas que se encargan de encaminar las cosas. En el caso de los argumentos que nos da Fontcuberta, la recirculación de las imágenes no es producto de un sistema consumista, sino que forma parte de las estrategias que generan los grupos de poder para continuar con su posición hegemónica en el sistema. El consumismo no es el origen, sino la consecuencia. 

2. “Las imágenes son una representación de la realidad, pero en parte también se constituyen a partir de esa realidad. Son tangibles, tienen cualidades materiales: por eso pueden ser fotografiadas a su vez. Son imágenes-cosa. ”  

El planteamiento que aquí hace Fontcuberta es acertado. Aunque es algo evidente, a veces pareciera como si olvidáramos que las imágenes constituyen objetos por sí mismos y poseen esa doble naturaleza que las convierte en representación y cosa-aparte de lo que representan. Para esclarecer aún más esta idea Fontcuberta la acompaña con un ejemplo de Italo Calvino. Por mi parte, yo quisiera recurrir a otro ejemplo que también puede ayudarnos a entender aún más este punto. 

Antes de Calvino, fue otro autor quien a través de sus historias ya ponía esto de manifiesto: la naturaleza dual de las imágenes. Este autor fue Edgar Allan Poe, quien en 1842 publicaría “El retrato oval", una historia que narra como un joven artista que, conforme va pintando sobre un lienzo el retrato de su amada, le va extrayendo la vida a la muchacha con cada pincelada. Más allá del misticismo que encierra este relato de terror, el hecho de que un cuadro absorba el alma de alguien—por más ridículo o increíble que parezca— es una manera de referenciar cómo las imágenes, pese a ser la representación de algo, tienen autonomía frente a lo que representan, como si se hubiesen forjado su propia alma. 

Dejando esta discusión, quisiera terminar mi comentario poniendo una pregunta sobre la mesa: ¿en qué medida puede hablarse de este mismo proceso cuando se trata de una fotografía que se mantiene puramente en un formato digital? La problemática que ha traído la asimilación de las imágenes digitales a la reflexión en el campo del arte ha versado sobre la materialidad de la obra. Si una imagen es intangible ¿qué pasa con esa dualidad que ha caracterizado a las imágenes? En lo personal no tengo respuesta para ninguna de las dos preguntas, sin embargo, creo que el mundo de lo digital ha venido a cambiar la forma en que percibimos la realidad y, por ende, la forma en que entendemos las imágenes.

3. “En la ergonomía del selfie, cabe destacar en primer lugar que la exploración de la realidad no se efectúa con el ojo pegado al visor de la cámara. […] Ya no hay proximidad, ahora la realidad aparece en una proyección fuera del cuerpo, distinta de la percepción directa, en una imagen que ocupa una pequeña pantalla digital y que ya ha sido procesada.”  

Mi interés sobre esta idea de Fontucberta se sitúa en torno a las consecuencias que pueden tener las características de la selfie. Si el ojo no está pegado a la cámara ¿qué implicaciones conlleva esto sobre la forma en que nos vinculamos con el mundo? Fontcuberta habla de una falta de proximidad, la experimentación de la realidad como si estuviera fuera del cuerpo. A esta idea quisiera agregar también el hecho de que no sólo existe esta falta de proximidad del sujeto frente la realidad, sino que también el sujeto pareciera distanciarse de sí mismo, relegando así todo a la mera producción de una imagen para su circulación. Podría reducir mi idea parodiando de cierta forma a Descartes: “Tomo una selfie, luego existo”. 

Creo que es interesante este argumento que plantea Fontcucberta en tanto me ha hecho reconsiderar la forma en que nos estamos relacionando con la realidad, y la importancia que le otorgamos a las imágenes para que otros nos otorguen su validación; cómo sin tuviéramos que probar que somos nosotras mismas quienes estamos situadas ahí. Quizá la misma circulación masiva de imágenes nos ha obligado a tener que aparecer forzosamente en una foto para comprobar que, efectivamente, fuimos nosotras quienes realizamos tal o cual cosa. 

En definitiva, la selfie es en la actualidad es la forma más común de acercarnos a la realidad y de comprobar que quizá formamos parte de un período posfotográfico; y quiero resaltar “común”, por que si bien, siguen existiendo otras formas de vincularnos con el mundo, no cabe duda que la selfie lleva ya varios años siendo la número uno.

4. “Las cámaras digitales han trastocado tanto las leyes del mercado como la cultura visual. Aunque la adquisición de una cámara representa un cierto dispendio, ahora las fotos no tienen costo. Las imágenes digitales están destinadas a ser visionadas en pantallas […], con lo que desaparece el consumo de película y papel.”

Inicio mi comentario con una pregunta: ¿en qué medida las cámaras digitales han trastocado las leyes del mercado? No me queda claro si nuestro autor señala esto de forma irónica o si está convencido de ello; lo que si es notorio es que Fontcuberta se limita a darnos una serie de justificaciones como que las fotos no tienen costo y que no implican el consumo de película y papel. Pero en ningún momento explica cómo o por qué habríamos de pensar que la cámara digital ha cambiado radicalmente el funcionamiento económico del sistema. 

Definitivamente no es la primera vez que me encuentro en este texto aseveraciones que pretenden justificarse con una idea que alude a la economía y que, sin más, sólo son comentarios al aire que, a mi parecer, carecen de justificación, prueba o explicación. El texto de Fontcuberta en definitiva es un ensayo y como tal, él se toma ciertas licencias para sustentar sus ideas. No obstante, me parece demasiado exagerado, e incluso ridículo, que pretenda que argumentos tan baladíes como los que el da nos hagan creer que la imagen digital puede significar un cambio transcendental o un fallo en la forma en que opera la economía capitalista.

Ahora digo yo ¿en verdad existen pruebas para creer que la fotografía digital es verdaderamente gratis? Dice Fontcuberta que “la adquisición de una cámara representa cierto dispendio”; utiliza muy inteligentemente el adjetivo “cierto”, como una pretensión de aminorar el hecho de que, en efecto, tener una cámara fotográfica implica un gasto significativo (más aún en mundo en el que cada vez la riqueza está concentrada y las clases medias pasan a constituir parte de las clases más empobrecidas). 

Sin ahondar más en este punto— por no querer recurrir a cifras y pruebas más detalladas sobre la estratificación social— concederé este argumento a Fontcuberta y adoptaré una posición desde mi propia condición social. Yo cuento ya con esa cámara pero ¿acaso por el hecho de creer que puedo ver algo en una pantalla, esto es gratuito? ¿y si me roban la cámara? ¿y si necesito comprar otra tarjeta de memoria para más fotos? ¿y si quiero pasar las fotos de un dispositivo móvil a una computadora? ¿y si se corta el servicio internet y tengo que cambiar de compañía? Lo que trato de probar aquí, con esta sarta de preguntas, es que no existe consecuencia alguna derivada del tomar fotos digitales que no implique un factor monetario o de consumo (al menos no de forma permanente). 

Fontcuberta ha hecho un buen trabajo al tratar de señalarnos las ventajas y desventajas que conlleva la fotografía digital, aunque en este caso más que conforme, me ha dejado intrigada por la clase de mundo en que el autor se mueve para creer que el advenimiento de lo digital puede ser el camino que nos revele alternativas concretas para”hackear” el sistema. Y no digo que no lo sea (existe ya la labor de los cibernautas que se dedican a socializar el conocimiento a través de redes de artículos y libros o motores de descarga gratuita como Libgen y SciHub), pero creer que por el hecho de mirar algo de forma “libre” existe una superación de las leyes del mercado, me parece una falacia. Luego, que si nos centramos en los contenidos de las imágenes, con más razón la lógica del mercado pareciera estar más patente que nunca. 

5. “ En los reflectogramas, la conciencia de autor es manifiestamente frágil. En la mayoría de los casos hay voluntad no tanto de creación como de gesto comunicativo: el sentido ya no procede del contenido de las imágenes, sino de su manejo y circulación.”

Aunque otros de mis comentarios no han sido tan favorables hacia las ideas del autor, creo que éste no será el caso. La afirmación de Fontcuberta me parece muy cierta pues, al señalar que el acto de creación de una imagen queda rebasado por la importancia que ha tenido la circulación de fotografías en las distintas redes sociales, nuestro autor pone de manifiesto el lugar que ocupa la producción y el consumo de imágenes en la actualidad.

Si algo resulta evidente es que vivimos en un mundo atiborrado de información visual: fotos, tiktoks, GIFs, emojis, memes… Todos y cada uno de estos elementos forman parte no sólo de nuestra cultura visual, sino también de nuestra forma de entender el mundo. Vivimos en sociedades que privilegian la visión frente a otros sentidos. Lo peor de todo, no es el oculocentrismo inherente a nuestra vida diaria, sino la falta de crítica y de juicio frente a lo que vemos. Estamos tan acostumbradas al scrolling que muchas veces ni siquiera nos percatamos de los contenidos de las imágenes; nos limitamos a seguir viendo de forma enajenante.


Bibliografía:

Castro-Gómez, Santiago. Revoluciones sin sujeto. Slavoj Žižek y la crítica del historicismo posmoderno. México: Akal, 2015

Fontcuberta, Joan. La furia de las imágenes. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2016. Edición en formato MOBI