1. “La postfotografía implica cámaras que fotografían otras cámaras. [...] Los roles de <<fotógrafo>> y <<modelo>> tampoco se diferencian ya: todos somos fotógrafos y modelos a la vez .”
Estos enunciados de Fontcuberta sobre algunas condiciones que muestran las diferencias de la postfotografía con la fotografía, buscan resaltar lo evidente que es la disolución de la brecha que divide al sujeto como fotógrafo y al objeto retratado. Al existir esta interacción tan directa y donde el propio autor puede ser su modelo (como en el caso de una selfie), pareciera que se acorta la distancia que en un principio implicaba el poner una cámara entre el uno y el otro.
A mi parecer, no obstante, el hecho de mostrar la cámara fotográfica como un eje de la postfotografía, me parece demasiado arriesgado. Ya en el siglo pasado, antes de la aparición de los teléfonos móviles y demás aparatos, Vivian Maier llevaba a cabo autorretratos en los que a partir de su reflejo creaba una imagen donde se mostraba ella misma sosteniendo la cámara. Tomando esto en consideración, ¿no sería más importante la ausencia de materialidad, la única característica genuina que distingue a lo fotográfico de lo posfotográfico?
Por otra parte, la propuesta de Fontcuberta que nos designa a todos como fotógrafos y modelos al mismo tiempo es, sin duda, relevante. Recordando los argumentos de Susan Sontag quien asemejaba a la cámara con un arma, como un aparato que ejerce un cierto tipo de disrupción al objeto retratado, pareciera que esta problemática planteada por ella queda resuelta por la postfotografía (o al menos eso parece). Si todas nos hemos convertido en nuestras propias modelos el acto de fotografiarnos deja de ser algo donde se ejerza una “violación” hacia alguien más y se convierte en un ejercicio de auto-exploración.
A modo de conclusión, sólo quiero agregar que todavía conservo dudas sobre lo que es la postfotografía. Sin embargo, me ha quedado clara la importancia que tiene el vincular a la fotografía como un arte gráfico y a la postfotografía, fundamentalmente, como una forma de producción inmaterial que se mueve en la virtualidad.
2. “ Nuestra mirada queda nublada porque las imágenes no son ventanas abiertas al mundo, sino distorsionadoras construcciones propagandísticas.”
Pese a que esta idea no es de autoría de Fontcuberta, me parece interesante que él la retome como parte del fenómeno postfotográfico que se despliega en la actualidad. En un primer momento parece que esta idea posee una tendenciosa equiparación de las imágenes con la propaganda, sin embargo, algo de cierto existe en tales palabras y se puede ver claramente con la forma que operan los mass media. Gran parte del contenido que consumimos proviene de una industria cultural cuyo fin, como toda industria, es generar ingresos. Es decir, la producción no se da sólo por que sí, sino que responde también a un fin que se articula a la lógica del mercado.
En este sentido, a mi parecer, se vuelve más necesario que nunca tener un criterio sobre el tipo de contenido visual que estamos consumiendo. Quizá es un poco exagerado creer que toda imagen tiene un contenido propagandístico, sin embargo, ello no descarta el hecho de que muchas de las que circulan masivamente en redes sociales tienen cargas simbólicas que funcionan casi de manera subliminal sobre los consumidores.
En general, creo que Fontcuberta trae a colación este tipo de argumentos para entender las implicaciones que puede tener el vivir en un mundo circundado por imágenes. No se trata sólo de ver los aspectos positivos, sino también de entender las implicaciones negativas y menos perceptibles a simple vista.
3. “En una etapa de saturación de imágenes, el énfasis gira hacia la serie y la colección, desplazando el anterior interés por las cualidades de una imagen específica y la empatía poética que pueda generar por otro interés las relaciones íntimas entre imágenes, sus correspondencias y analogías.”
Lo que señala Fontcuberta en este párrafo me parece acertado. En otro momento no llegaba a comprender por qué existía ese tránsito del arte de lo propiamente material a lo conceptual, y parece ser que el autor del libro comentado tiene una explicación contundente al respecto. El vivir en un mundo saturado de imágenes hace que, de cierta forma, la imagen pierda su valor. Es un poco como las leyes de la oferta y la demanda. Si la oferta sube, el precio tiende a bajar. Con las imágenes parece ocurrir algo similar; imágenes existen por doquier. Hay un predominio de la visualidad impulsado sobre todo por las tecnologías digitales. Por tal motivo, ahora el contenido relevante deja de estar propiamente en lo que se mira como tal, sino en lo que se trata de proyectar a partir de una idea abstracta. En el caso del arte parece radicar ahí la diferencia de cómo distinguir una obra artística de una actividad cualquiera.
Ahora bien, de cierta forma resulta un tanto irónico que en una inundación de imágenes como la que vivimos actualmente, sean justamente las series y colecciones las que posean más interés. Si existiera un coherencia para evitar la saturación de imágenes, se buscaría más una forma casi “ecológica” de tratar de aludir o producir lo menos posible imágenes nuevas. Sin embargo, esta inundación ha provocado que lo central sea explorar los recursos narrativos que trascienden las problemáticas netamente visuales y se pretenda hacer vinculaciones con otros recursos sensoriales.. Es un poco como una búsqueda por encontrar conexiones y relaciones en un sistema caótico, como un intento por querer dar orden a un mar de información.
Para concluir sólo quiero agregar que sería lógico pensar que la masiva proliferación de imágenes nos ha forzado a tener un criterio más selectivo por el tipo de contenido visual que consumimos. En realidad lo que ha pasado es un poco lo contrario. Es tanta la saturación de imágenes que difícilmente podemos detenernos a reflexionar si lo que estamos viendo verdaderamente tiene un sentido. Sobre todo con la cultura del “scrolling” que se ha generado a partir de las redes sociales, muchas veces pareciera que nos hemos convertido en receptores pasivos de contenido visual. Como estudiantes de artes visuales, habría que estar más alertas y buscar una forma de evitar esta costumbre “autómata”, más aún por el hecho de que nos estamos adentrando cada vez más en el campo de lo visual como principal recurso para la producción de obras.
4. “Lo postfotográfico agudiza hoy la crisis del museo porque lo desprovee de objetos y lo deja sin más imágenes que custodiar que las del pasado, con lo que lo condena a convertirse en un cementerio de cuadros fosilizados.”
La idea que propone aquí Fontcuberta para aludir a las problemáticas que conlleva la inmaterialidad en la era postfotográfica, pone de manifiesto un hecho que, ya por otros medios, había sido cuestionado. Tal hecho es el papel que tienen los museos como dispositivos para difundir el arte. Mi mayor interés en esta idea gira en torno a la importancia que pueden tener los cuestionamientos que se producen al colocar en tela de juicio la validez del museo y de la obra misma. La polémica en torno a la institucionalidad del arte y el museo como instrumento de segregación sistemática, parecen ser desafiados por este tipo de eventos que cuestionan su validez y su papel como parte del llamado “sistema del arte”.
Sin embargo, creo que en la escena artística sigue existiendo una tendencia a dar materialidad a la obra de arte como parte fundamental del proceso de producción artística. Aunque las obras se conciben de manera digital, lo común es dar una salida en la que puedan seguir siendo insertadas en las galerías o los museos. En muchos de estos casos esto podría no tener sentido (por ello me refiero a que probablemente muchas obras fueron pensadas para atenerse al campo de lo inmaterial), ,pero sigue habiendo esa necesidad de crear un objeto. Al fin y al cabo la objetualización del arte continúa siendo una necesidad en el sistema de producción artística.
5. “Devenimos entonces en discos duros andantes capaces de recrearnos, torturarnos u obsesionarnos revisando mil veces lo que ya hemos vivido. No podemos cambiar el pasado, pero sí revivirlo en un bucle.”
Cuando Fontcuberta alude al último capítulo de la primera temporada de Black Mirror, parece hacer referencia no sólo a la trama en sí, sino más bien al hecho de que en la actualidad nos encontramos en condiciones similares. Con aplicaciones como Facebook, Twitter, Instagram, Youtube e incluso Whatsapp, es posible que exista un tipo de información digital que no sólo se encarga de almacenar texto, sino también imágenes, sonidos, etc. A mi parecer, este cuestionamiento que hace Fontcuberta va dirigido a las implicaciones que tiene la existencia de un conjunto de medios digitales que nos permitan guardar un registro de absolutamente todo; ello nos lleva a preguntarnos: ¿qué tan benéfico puede resultar esto?
Más allá de hablar de las ventajas o desventajas que poseen los medios digitales de servir como “memoria”, creo que a nivel personal existe una posibilidad de plantearnos un escenario como el que ocurre con el episodio de Black mirror y es que, la constante “hiper-exposición” de recuerdos del pasado nos hace crear (paradójicamente), un apego tan grande a algo completamente inmaterial. En lugar de dejar ir el pasado, existe esa tendencia a aferrarnos a la información ¿cuántas veces no muchas de nosotras hemos tenido que cambiar de celular y lo primero que buscamos es hacer un respaldo de los chat de whatsapp y de todas las fotos? Creo que el archivo como memoria es algo relevante e incluso puede llegar a ser sano, es decir, no todo es malo en querer convertir las cosas en un archivos digitales para después consultarlas, sin embargo, en una época en la que el consumo de medios audiovisuales es excesiva: ¿es necesario aferrarnos tanto a cosas inmateriales?
Bibliografía:
Fontcuberta, Joan. La furia de las imágenes. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2016. Edición en formato MOBI