“Con la hipermodernidad se artistiza el mundo que nos rodea, creando emoción, espectáculo y entretenimiento, pero también universalizando una cultura popular que es inseparable de la industria comercial y que posterga el canon hegemónico de cultura ilustrada”
Quisiera comenzar mi comentario aludiendo al título del capítulo de donde lo tomé: Tiempo de vacas Gordas”. A mi parecer, lo que Fontcuberta trata de expresar al titular así esta sección es mostrarnos como la “hipermodernidad” ha venido a remarcar y exacerbar las “virtudes” y los “vicios” de la modernidad. Estas “vacas gordas” sonsas características heredadas de hace más de un siglo que han culminado en lo que tenemos ahora comparte de un sistema donde todo se reproduce a mayor escala.
Ahora bien, lo anterior tiene mucho que ver con la frase que he citado para comentar y es que, estamos frente a la masificación de una cultura aunque, a diferencia de Fontcuberta, creo que es justamente esta cultura de masas la que está comenzando a integrarse al canon hegemónico cultural. Aunque se le llame cultura de masas, estos gustos no son del todo moldeados por aquellas, sino por unas industrias que se dedican a crear productos de consumo. La cultura ha venido en el principal instrumento para mantenernos a raya en un sistema clasista y explotador.
“Una fotografía construida mediante un mosaico de píxeles directamente intervenibles desbarataba los mitos fundacionales de indexicalidad y transparencia que habían sustentado el consenso de credibilidad en los productos de la cámara. Para la fotografía digital la verdad constituía una opción, ya no una obstinación .”
Esta idea me remite a las cuestiones que ya advertía Sontag en sus ensayos sobre la fotografía. Fontcuberta usa cuidadosamente la palabra mito, advirtiendo que esas creencias sobre la vinculación de la fotografía con la realidad eran sólo meros supuestos; siendo la fotografía digital la que se va a encargar (de una vez y por todas) de sacudir estos pilares en los cuáles pretendía entenderse la fotografía.
Sobre este último planteamiento me surge una duda en concreto ¿ha sido la fotografía digital la que se ha encargado de derrumbar aquellos mitos? Probablemente sí, pero también me parece válido pensar que, tal vez, la fotografía digital ha sido la culminación de algo que ya se perfilaba desde antes. Recursos como el fotomontaje o el uso del ciclorama ya provocaban esta sensación de intervenir en lo fotografiado para producir una imagen determinada. Ahora con el uso de programas como photoshop o cualquier otro software de edición de imagen, se logra manipular en su entereza hasta el más mínimo detalle en cualquier fotografía. Esta manipulación ha evidenciado algo que ya era cierto desde antes: la creencia de que la fotografía muestra la verdad era una obstinación y también una falsedad.
Sin embargo, pese a que lo digital ha hecho que algunos nos percatemos de que en realidad toda fotografía es más subjetiva que objetiva, esa obstinación parece no haberse desdibujado del todo. Si asumimos que Fontcuberta tiene tazón y nos dejamos llevar, podríamos pasar este cuestionamiento por alto ¿de verdad esta idea sobre el vínculo entre lo real y la fotografía se ha superado? Al fin y al cabo, la fotografía sigue teniendo una credibilidad que ningún otro tipo de imagen ha logrado tener. Y esta no es precisamente reproducida por los círculos especializados de la fotografía, sino por los medios masivos y las redes sociales. Al igual que el uso de las cámaras y dispositivos que toman fotos se ha masificado, lo mismo ha pasado con los medios de edición de imagen.
La cuestión no se trata de haber superado o no esas atribuciones que se le dan a la fotografía como algo que pretende retratar la realidad, sino en que, inconscientemente, seguimos creyéndolo por que muchas veces es más sencillo ver las cosas como queremos que sean, y no como realmente son.
“Todas las facetas de la vida, de las relaciones personales a la economía, de la comunicación a la política, se han visto sacudidas por completo: que el mundo se ha convertido en un espacio regido por la instantaneidad, la globalización y la desmaterialización. << Internet>> en la creación de experiencias virtuales están haciendo del mundo representado un lugar finito e indoloro en el que pronto tendremos la opción de vivir, satisfaciendo nuestras expectativas.”
Coloco esta cita porque en un principio me generó un rechazo, pero después de una breve reflexión, me pareció que contenía una idea que engloba una problemática de gran relevancia para nuestros tiempos. Explico porqué: mi rechazo surgió del término “globalización” que utiliza Fontcuberta como parte de la triada que rige el mundo actual. En mi opinión, esta globalización implicaría una suerte de homogeneización, y cosmopolitismo en el que el “destino internacional”deviene en uno solo. Estas ideas para mí son falsas, pues la globalización ha generado un efecto contrario: pareciera que el mundo se ha unificado cuando lo cierto es que las disparidades se han exacerbado. En lo personal prefiero el terreno imperialismo, que en un sentido leninista clásico, alude a un fenómeno económico derivado de la expansión de las fronteras del capital y, en términos más recientes, a la creación de disparidades entre centros (EE.UU., Europa, etc.) y periferias (América Latina, África, etc.).
Dejando esta discusión de lado ( que creo yo es más bien un problema de terminología) algo que es muy rescatable, es la forma en que el internet está perfilándose en nuestras vidas. Facebook, Instagram, Twitter, Youtube, y otras tantas plataformas más, están encargándose no sólo de “entretenernos”— en un sentido tradicional de las industrias culturales—, sino que se convierten en nuestras utopías, en nuestros lugares de “confort”, en donde podemos mostrarle a los otros qué y cómo queremos que nos perciban. Esta desmaterialización, en mi opinión, nos está orillando a vivir cada vez más en una ficción. No reniego y denigro, por ejemplo, todo el activismo que se hace en redes sociales, ni a todos los cibernautas que se encargan de distribuir el conocimiento e información restringida o de acceso pre-pago, pero creo que es tener en cuenta que las acciones más significativas son las que se hacen en lo real, no en lo virtual, por que la virtualidad es algo finito y transitorio, pero nuestra realidad concreta es lo que nos define y donde estamos habitando.
“ […]saber que hay cámaras de vigilancia y satélites que la fotografía en todo las 24 horas del día nos empuja a especular sobre cuanto accidental imprevisto contiene ese todo..”
Desde la obra de Orwell 1984 hasta los reality show, la idea del panóptico ha estado presente en el imaginario colectivo como un arma potencial, algo latente; y ha sido la cámara la que se ha encargado reforzar estas ideas.
Cuando Fontucberta se refiere a Google, nos introduce en un tema que se vincula más con el “con qué”: el uso no depende sólo de la imagen sino del uso del aparato. La cámara deviene en algo reprochable, en algo “maligno. Parece darle la razón a Sontag sobre su idea de la fotografía como una violación. Lo curioso es que esa supuesta violación viene no de quienes pretende buscar un sentido estético o artístico en “lo otro” sino de los consumidores que buscan entretenimiento, de los pervertidos que buscan satisfacer sus deseos, del Estado que busca mantener un orden a toda costa, de nosotros mismos usando facebook o instagram para mostrar nuestras rutinas, nuestros movimientos… El límite entre lo privado y lo público se hace difuso, ahora todo es visible a los ojos de quienes tienen acceso a internet.
Más allá de creer en estas ideas de tendencias ludistas sobre la cámara, como generación y como estudiantes de Artes Visuales, debemos estar muy alertas en el uso que hacemos de ella y en la forma en que vamos a manejar las imágenes que producimos con ella. No se trata de querer renunciar a la fotografía o de satanizar la cámara. Así como la existencia de un panóptico tiene sus desventajas, también es cierto que puede ser utilizado para la seguridad, para facilitar un recorrido, para nuestro propio beneficio, etc. Se trata de hacer consciencia y de tener claridad qué imágenes estamos consumiendo y qué estamos produciendo.
“No hay ni buenas ni malas fotos, hay buenos o malos usos de las fotos. La calidad no depende de valores autónomos de la propia imagen, sino de la adecuación de sus características formales a unos determinados usos”
Al inicio del semestre el profesor nos pedía que respondiéramos una pregunta: ¿por qué hablar de fotos buenas? En ese entonces yo respondía que más que hablar de fotos buenas, había fotos que nos interesaban y fotos que no. Esta idea que propone Fontcuberta parece alejarse de mis argumentos iniciales pero me hace ver con claridad algo que en algún momento me preguntaba: en un mundo atiborrado de imágenes ¿vale la pena hablar en términos de “bueno” y malo”? La respuesta ya esta dada, pues no se trata de la imagen en en sí sino del uso que se hace de ella.
Me gustaría pensar que sigue habiendo una criterio para establecer una distinción entre una fotografía que es “buena” y una que no lo es; esto facilitaría todo, sería simplemente seguir una serie de normas para crear fotografías y ya está. La realidad es más compleja que eso pues, ya hace más de un siglo que apareció la fotografía y se han generado millones de imágenes. En la actualidad lo que nos corresponde es saber discernir, y ser conscientes del tipo de imágenes que consumimos. En este mar de imágenes no podemos decir más que el orillarnos a mirara algo es un acto inocente, sino todo lo contrario, es algo premeditado. La concienciación sobre el uso y distribución de las imágenes es, hoy por hoy, más fundamental que nunca.
Bibliografía:
Fontcuberta, Joan. La furia de las imágenes. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2016. Edición en formato MOBI